Este año las flautas desaparecieron de las aulas, porque en una pandemia se necesitaban instrumentos que pudieran tocarse en el aula con una máscara. Algunas escuelas intentaron enseñar el xilófono, mientras que otras se limitaron a enseñar historia de la música, que es mucho menos molesta cuando se repite a los vecinos. Razón de más para pensarse dos veces el deshacerse de las máscaras con las que hemos vivido más de 400 días. ¿Realmente queremos que los recitales de flauta vuelvan al barrio? Si hay que elegir entre una vida sin mascarillas y una vida sin el miedo a las flautas desafinadas, hay que elegir.
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Al fin y al cabo, la vida con mascarillas tiene beneficios que aprovechamos sin darnos cuenta. Por eso no hay que deshacerse de ellos. Aunque a partir del sábado ya no es obligatorio llevarlas en el exterior, basta con mirar las aceras para ver que la mayoría de la gente sigue prefiriendo taparse la boca. Al menos por ahora. Tal vez sea para evitar problemas con el removedor o por miedo a los brotes de enfermedades o al qué dirán, pero la mayoría de los rostros siguen cubiertos en la calle incluso ahora que ya no es obligatorio. Quién iba a pensar que ir sin máscara iba a ser raro, tan raro como lo fue hace un año y pico cuando empezamos a usarlas. En los hospitales y en el transporte público, es muy probable que la mascarilla permanezca, digan lo que digan las normas. El próximo curso tendrá que ser el de seguir usando máscaras en las escuelas y ver qué deciden los centros de trabajo. Es muy probable que en entornos como la hostelería y la atención al cliente, haya empresas que prefieran incorporar la mascarilla al uniforme de trabajo una vez pasada la pandemia. En los hospitales y el transporte público, es muy probable que la máscara se mantenga, independientemente de lo que diga la política. No sólo detienen los virus respiratorios. Los antifaces también disimulan los bostezos en las reuniones, ahorran dos besos formales a personas difíciles y permiten conciliar el sueño en el tren con mucha más dignidad y tranquilidad. También excusan muchos saludos despistados para los que tenemos mala memoria de las caras y poco interés por los nombres. La incidencia de Covid es inferior a 100 casos por cada 100.000 habitantes y más de la mitad de los españoles ya han recibido al menos una dosis de la vacuna. Aunque las cifras son buenas, las mejores en un año, la precaución sigue imperando en la calle. No es de extrañar, ya que el mismo día que dejó de ser obligatorio llevarlo en España, la OMS pidió a todos los países que fueran muy cautelosos con la nueva variante Delta, más contagiosa que todas las anteriores. Atrás quedaron los días en que la OMS se resistía a reconocer la utilidad del pañuelo en la cabeza y ahora nos pide que lo llevemos aunque estemos vacunadas, porque es necesario combinar varias medidas para reducir la transmisión en la comunidad. La inercia y, sobre todo, la experiencia también juegan un papel en las dudas sobre cuándo y dónde quitárselo. La inercia y, sobre todo, la experiencia también juegan un papel en las dudas sobre cuándo y dónde quitárselo. Hemos visto varias acciones de desescalada fallidas que prometían ser las últimas y acabaron en un nuevo conflicto. Esta vez hay más precaución. Si no es en los gobiernos, que ya están utilizando las vacunas para flexibilizar las restricciones para atraer a los turistas, entonces en la gente. Es normal que aparezca cierta confusión en las miradas hasta ahora enmascaradas al cruzar por un paso de peatones. Hay muchas razones para ponerse una máscara de vez en cuando. Y por mucho que piense en ello, por mucho que lea sobre el tema, ninguno de ellos está relacionado con la apariencia de las mujeres. Eso es todo. A veces no son los niños de la flauta los que más desafinan.

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